| Hero y Leandro vivían uno
en cada orilla del Helesponto.
Los amantes y sus
ciudades
A las ciudades de Abidos (en Tróade, noroeste de Asia Menor) y Sestos (en el Quersoneso tracio) las separa uno de los lugares más angostos del estrecho del Helesponto, así llamado en recuerdo de Hele, la hija de Atamante 1, que una vez se ahogó en sus aguas al caer del carnero volador que cabalgaba. Estas ciudades pertenecían, en la época de la Guerra de Troya, al hijo de Hírtaco, Asio 1, a quien dio muerte Idomeneo 1, rey de Creta (véase JEFES TROYANOS).
Hero, sacerdotisa de Afrodita,
vivía sola (como sus padres lo ordenaron),
atendida por una criada,, en una torre cercana al
mar cerca de los límites de Sestos.
Quizá sea la misma «Torre de
Hero», al sudoeste de la ciudad, que aunque
identificada en tiempos históricos, estaba
ya en ruinas cuando Augusto era emperador de Roma.
Encendiendo una lámpara que convertía
la torre en faro, Hero orientaba a su amante
mientras él cruzaba el estrecho. Leandro, un joven de Abidos,
cruzaba el Helesponto a nado (una distancia de
más de mil trescientos metros), ida y vuelta
todas las noches, para estar con la amada que lo
guiaba con aquella luz. Antes del amanecer, Leandro
nadaba de regreso. Alguien señaló
que, debido a las rápidas corrientes del
Helesponto, es más fácil cruzar de
Sestos a Abidos que al revés.
La sencilla vida de Hero en
Sestos
Antes de conocer a Leandro, Hero
conservaba su virginidad, renunciando a danzas y
reuniones. Como se sabía bella y acaso
creía que
«… al contemplar la belleza las mujeres se vuelven envidiosas.» (Mus.37).
evitaba también el andar
con otras chicas de su edad. Obedeciendo el deseo
de sus padres, vivía retirada en una torre
cerca del mar, donde apaciguaba a Afrodita y Eros,
no con las delicias del lecho, sino con
sacrificios.
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Abidos y Sestos se encuentran en la Tróade y el Quersoneso tracio, frente a frente en uno de los parajes más angostos del Helesponto.
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Festival
«internacional»
Se celebró en Sestos un
festival en honor de Adonis y Afrodita,
acontecimiento comparable a ciertos
«festivales internacionales» de nuestra
propia época. Venía gente de muchas
ciudades, de Frigia y de países lejanos,
como Tesalia en el norte de la Hélade, o
como Chipre y Líbano. Tales festivales,
cualquiera sea su objetivo, son siempre muy
apreciados por los jóvenes, que ven en ellos
espléndidas oportunidades de vivir
amoríos con algún ser encantador, y
pasar así memorables jornadas.
Su belleza
Por cierto que Hero no abrigaba,
para la ocasión, otros planes que no fueran
sus deberes de sacerdotisa. Pero como su rostro
proyectaba un resplandor cautivante, evocador de
las blancas mejillas de Selene; y como sus
miembros, al moverse, sugerían un prado de
rosas, del cual fluían, no tres sino cien
Gracias, muchos jóvenes le rendían
sus pensamientos, corazones y miradas, pese a que
habían concurrido al festival de Sestos para
rendirle honores a los inmortales. Se percibe la
belleza inmediata con más claridad que la
remota. Por eso, al verla, creyeron que nunca
habían visto nada más delicado y
encantador, aunque ya habían investigado la
belleza en tantas ciudades como les fue posible,
especialmente en Esparta, tierra de mujeres
arrebatadoras, como Helena.
Las palabras y el
silencio Deslumbrados por la hermosura de Hero, muchos se enredaron en palabras … Decían que aceptarían gustosos una muerte súbita si sólo pudieran dormir con ella …. O que la preferían como esposa a una inmortal … O que nunca se cansaban de mirarla … Pero mientras algunos hablan, otros actúan. Leandro dejó que su amor despidiera sus temores, y se acercó a Hero sin decir palabra. Así se presenta a veces el amor, pareciéndole lerdísimo el habla cuando la belleza urga los caminos del alma. Y algunos, como Hero y Leandro, ya se toman las manos sin haber intercambiado una sola palabra.
Conversación en el
templo
Tomados de la mano, Leandro
llevó a Hero al templo. Allí le
rogó que tuviera compasión de su
deseo. Le besó el cuello. Le dijo que a
Afrodita le disgustan las vírgenes; que
él estaba sus pies derribado por el dios del
amor, y que ella, para él, era como una
diosa. Protestó Hero al principio y hasta lo
amenazó. Pero luego de oírlo,
enmudecía mientras ardía su
corazón y temblaba ella al contemplar su
hermosura. Finalmente dijo:
«Desconocido, con tus palabras
podrías hasta mover las
piedras.» (Hero a Leandro. Mus.174).
¡Lindo de oir! Pero
también le recordó que sus padres no
le permitirían casarse con un extranjero, y
que si él se quedara a vivir en el
país no podría ocultar su amor,
pues
«… lo que un hombre hace en silencio, lo oye en las esquinas.» (Hero a Leandro. Mus.183).
Fue entonces que Leandro,
vencido por su amor, le dijo
«… por tu amor, cruzaría hasta las olas salvajes.» (Leandro a Hero. Mus.203).
revelando que venía de la
vecina ciudad de Abidos. Le pidió entonces
que encendiera una lámpara en la torre para
que él, nadando en la oscuridad, encontrara
el camino. Y añadió que ella era la
lámpara de su vida; la estrella que
seguiría, olvidándose ya del
Guardián de la Osa, de Orión y de
toda otra estrella o constelación.
Amantes secretos
Fue así que Hero y
Leandro se amaron secretamente. Dejaban que la
aquella luz velara sobre ellos y su nocturno amor,
mientras Leandro montaba las olas como un
navío. Muchas fueron las noches que sin
dormir pasaron juntos. Al alba se separaban, y otra
vez nadaba Leandro de regreso a Abidos, avistando
siempre la luz para no perderse. ¿Qué
sorpresa puede causar que rogaran que la oscuridad
cayera pronto si, mientras otros dormían,
hallaban ellos delicia en la mutua
compañía?
Esperando por la luz
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Guided by Love, Leander swims over the Hellespont to meet Hero.
3128: Bernard Picart (1673-1733). Fabeln der Alten (1754).
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Al anochecer, pasaba Leandro
largas horas en la costa, esperando la
señal, y al llegar la noche, Hero alumbraba
la lámpara en la torre. Y al verla,
ardía Leandro como la lámpara.
Sentía que Afrodita, que nació en el
mar, lo protegía, cuando desnudo
corría por la playa para tirarse al mar. Una
vez en el agua, era Leandro su propio barco, su
propio remero y escolta, siempre encaminando el
curso en dirección a los destellos de la
lámpara, que Hero resguardaba con su
manto.
Unión
secreta
Con duros esfuerzos unía
Leandro Sestos y Abidos, llegando al fin, todas las
noches, a la costa opuesta. Llegado frente a los
portales de la torre, ella lo abrazaba, y
llevándolo a su alcoba, le ungía el
cuerpo con aceite para quitarle el olor a mar.
Diría ella:
«Reposa en mis pechos el sudor
de tu esfuerzo.» (Hero a Leandro. Mus. 271).
antes de celebrar
«los ritos de la sabia
Afrodita.» (Mus. 273).
como Museo tan discretamente
dice. Su discreción también nos
entera de que era ésta una boda sin danzas,
y un encamarse sin himnos. Que a Hera, diosa del
matrimonio, no se la honró. Que los padres
no entonaron himnos nupciales. Que ningún
rito formal se celebró. Añade su
sensatez que la Aurora nunca sorprendió al
novio en el lecho nupcial. Pues se zambullía
él en el mar para volver a Abidos mientras
aún demoraba la oscuridad, y mientras
todavía sentía en su cuerpo las
caricias de Hero. Ella, por temor a sus padres,
vivía como doncella de día y esposa
de noche.
Muerte de Leandro
Este inestable arreglo
duró lo que la estación estival. Al
llegar el invierno, cambió el mar y hasta
los marineros atracaron sus barcos. Pero no detuvo
el clima glacial al amor de Leandro. Pronto se vio
en manos de olas violentas, que los vientos
levantaban en sus luchas intestinas: Euro contra
Zéfiro, Bóreas contra Noto. En medio
de una de esas noches de invierno en que Leandro
estaba en el mar en medio de una guerra de vientos,
apagó una ráfaga la lámpara en
la torre de Hero, y presa de la oscuridad, se
desorientó y se ahogó.
Hero lo
acompaña
Al día siguiente, las olas arrastraron su cuerpo hasta el pie de la torre. Al verlo destrozado por las rocas, Hero se desgarró el vestido y se tiró de lo alto de la torre, quedando su cuerpo junto al de él. Así murió Hero, pues no tienen alas los cuerpos humanos … Pero hay quien dice que alados serán quienes pasan la vida juntos en amor y amistad:
«Al fin de su vida, sin alas
aún, pero ya impacientes por tomarlas, sus
almas abandonan sus cuerpos, de suerte que su
delirio amoroso recibe una gran recompensa. Porque
la ley divina no permite que los que han comenzado
su viaje celeste, sean precipitados en las
tinieblas subterráneas, sino que pasan una
vida brillante y dichosa en eterna unión, y,
cuando reciben alas, las obtienen juntos, a causa
del amor que les ha unido sobre la
tierra.» (Platón, Fedro 256d).
Epílogo
Nadie supo nunca del amor de Leandro y Hero, excepto la vieja criada, que fue la única que pudo saber de él. Quienes contaron la historia fueron Museo Gramático y el poeta Publio Ovidio Nasón. Ambos deben haberla escuchado de algún otro. El amor de Leandro es difícil de imitar. Pero su hazaña atlética fue emulada mucho después, en 1810 d.C, por el poeta inglés Lord Byron, que nadó de Sestos a Abidos en una hora y diez minutos, aunque no lo esperaba en la otra orilla una sacerdotisa de Afrodita. |